Uno de los primeros mitos que cayó al llegar aquí es el de la limpieza y la preocupación por el reciclaje. A los japoneses les gusta hacer las cosas de forma diferente, a su manera, y se ponen realmente nerviosos cuando alguien saca los pies del tiesto, pero eso no quiere decir que su camino sea el mejor o, como a ellos les gusta decir, el más conveniente.
Lo primero que hice al llegar fue comprarme un “keitai haizara” (cenicero de bolsillo, el de la foto) para no tener que tirar las colillas al suelo cuando fumara en la calle. Mi sorpresa fue que las calles de Takao están llenas de colillas e incluso es fácil encontrarse botellas y papeles tirados por el suelo; a pesar de que en teoría está prohibido y hay bastantes carteles que lo advierten. En el centro y las zonas más concurridas (Shibuya, Harajuku, Yokohama, Odaiba, Tachikawa…) la cosa cambia un poco y las calles están más limpias, aunque no más que en Salamanca, y sigues encontrándote alguna colilla que otra por el suelo.
En cuanto al reciclaje, ya digo que lo que les gusta realmente es hacerlo a su manera. Aquí no es una cuestión de ecología: el papel usado se tira junto a la basura orgánica, así que es difícilmente reciclable. Es una simple cuestión de espacio: se recicla aquello que ocupa mayor espacio. Así que es toda una odisea tirar cualquier tipo de electrodoméstico o mueble, por pequeño que sea.
Lo que no es un mito es la cortesía y la educación japonesas. No tardan ni un segundo en disculparse por un simple roce al caminar por la calle. Si te quedas mirando más de un par de segundos a un desconocido, lo más probable es que termine haciéndote una reverencia como saludo. Los dependientes podría decirse que son más sirvientes que otra cosa y te hacen continuas reverencias al devolverte el cambio (jajajajaaj cómo me he acordado de mi madre quejándose por lo maleducadas que son las cajeras en el Día). Incluso he visto como un motorista nos pedía disculpas agachando la cabeza al darse cuenta de que no se había parado para dejarnos cruzar por un paso de cebra.
Por cierto! Hoy he tomado mi primer ron-cola aquí, en un Irish Pub de Shibuya (una de las zonas más conocidas de Tokio). La verdad es que lo preparan muy bien y, para mi sorpresa, es mucho más barato que la cerveza (en comparación con España): una pinta de Guinnes cuesta unos 900 yenes (unos 6,60 euros), mientras que una pinta de ron-cola cuesta 1000 yenes (unos 7,40 euros). Yo me he tomado simplemente una copa, por 750 yenes (unos 5,50 euros), que no dista mucho de lo que puede costar una copa en un pub salmantino, y no digamos si te la tomas en uno de Madrid o Barcelona.
en la trastienda es otro weblog acerca de nada en concreto escrito por José Manuel González, músico y aprendiz de historiador.